Powered By Blogger

Friday, November 06, 2015

Libros, libros, libros


Siempre me preocupa cuando voy a una casa y no veo libros, ni revistas.  Me pregunto ¿qué hacen los residentes de este santo aposento sin un libro? ¿Cómo pueden vivir sin un libro que los acompañe o guíe? Además de ver televisión, ¿cómo se entretienen? Además de chequear sus páginas de Facebook, ¿cómo aprenden? A veces esto sucede hasta en casas de gente educada, gente más o menos culta.  Uno entra y lo primero que nota es que no hay libros.  Todo está limpio, recogido y libre de libros. No sé si los demás lo notarán igual que yo pero son muchas las veces que le digo al colega, “Notaste que no tenían libros por ninguna parte.”  Supongo que tal vez tienen una oficina escondida donde guardan los libros, pero no están ahí para fomentar el diálogo, proponer un tema de conversación o simplemente retar al invitado.

Algunos de mis amigas/os han ido eliminando los libros por cuestión de espacio.  Sin embargo, cuando voy por sus casas, todavía puedo ver algún libro que leyeron y del que no pudieron deshacerse, o aquel que tiene un significado especial, los firmados por los autores y todas esas excusas que usamos para no descartarlos del todo. Hay quienes alegan que ya no compran libros y todo lo leen en formato digital, pero no han descartado todos sus libros, ni siquiera la mayoría. Hay quienes compran solo los que van a usar por cuestiones de su trabajo y todos los demás---los descartables (alegan)-- los leen como e-books.

Pero, el que me alarma es aquel que es capaz de pasar por una librería y no sentir el halón que da un libro sentado en su vitrina esperándote y tu intentas ignorar, al que un libro no le habla, no lo conmueve, no le dice nada. Yo que he vivido siempre rodeada de libros, no puedo dejar de notar su ausencia. Toda casa necesita un libro, aunque sea una vieja Biblia como esas que les vendieron a muchos de nuestros padres por una suma extraordinaria en los setenta y que los pobres terminaron pagando a plazos a pesar de mil penurias.

El colega y yo andamos un poco preocupados por el futuro de nuestra biblioteca. Después de haber acumulado libros como quien acumula un tesoro, hemos empezado a jugar con la idea de ir regalando algunos que todavía puedan serles de alguna utilidad a los que estudian en nuestro campo. Ninguno de nuestros hijos compra libros ya.  Ninguno llega a pasearse por la biblioteca y ver que se puede llevar.  Ni siquiera leen. El único lector ahora lee solo en formato digital. No sé que hicimos mal… ¿Mea culpa?

Tenemos alguna esperanza en los nietos que todavía podemos tratar de enamorar mostrándoles libros o leyéndoles como hacíamos con tanta ilusión a sus padres…

Y es que el libro impreso es tan atractivo.  Cuando yo era niña mi papá nos llevaba a la biblioteca a buscar libros casi todos los sábados—cuando no era la biblioteca era al confesionario así que se imaginan cual era más interesante---y era como ir a una tienda de dulces. Volver con dos o tres libros bajo el brazo era de una alegría incalculable. Mis hermanas y yo repasábamos los libros una y otra vez hasta que llegaba el sábado en el que pudiéramos ir a intercambiarlos. ¿Sería porque no había otras fuentes más atractivas de distracción? No lo sé. Aun hoy no puedo pasar por una librería sin entrar.  En un viaje reciente a EEUU, tuve que protestar.  Llevaba cinco días en el país y no había entrado a una librería. Le dije a mi anfitriona con firmeza, “Hoy quiero ir a una librería.”  Ir adonde hay libros y no entrar, me parece un sacrilegio mayor.  Aunque sea a una biblioteca….porque  me encanta el olor de los libros nuevos y usados. Me gusta leer los resúmenes y sentir el peso de un libro en mis manos. Descubrir una nueva escritora, un título cautivador, o un clásico olvidado. No hay satisfacción mayor que saber que tengo un libro que disfruté escondido por algún anaquel de mi biblioteca. Por eso casi nunca tomo libros prestados.  Me gusta poseerlos.

Claro que uno no puede creer todo lo que lee, pero los estudiosos nos aseguran que el número de libros en el hogar familiar, influye sobre el rendimiento académico.  (Por lo menos, nos gusta creer que el éxito académico/laboral de nuestros hijos está ligado a esto)...Según un estudio reciente “Scholarly Culture and Academic Performance in 42 Nations” de Evans, Kelley, y Joanna Sikora el tamaño de la biblioteca familiar, o sea cuantos libros hay en la casa influyen enormemente en el provecho académico. (Este es un estudio interesante porque no se circunscribe a un país sino que se usaron datos de 42 países.) Claro que otras cosas también influyen como el nivel educativo de los padres, la cuestión social, la escuela, etc. Sin embargo, según este estudio simplemente poner un libro en la mano de un niño, o niña ya eleva sus oportunidades en la vida.

El artículo lo resume de esta manera: “In sum, we find that books in the home have a positive “payoff” in improved test scores throughout the world. Regardless of how many books the family already has, each addition to the home library helps children do better on a reading test that is carefully designed, comprehensive, structured to minimize class and ethnic biases, and anonymously graded.” Continúan diciendo que el impacto sobre un niño pobre es mayor que sobre un niño de clase social media o acomodada, por razones obvias, me parece.

Así que volviendo a lo de las casas sin libros, ¿alguien me quiere explicar de qué se trata eso? ¿Cuál es la ventaja? Por supuesto que no espero que en todas las casas haya libros regados por todas partes —aunque me encanta encontrarme en una casa donde me pueda sentar a simplemente hojear libros (Gracias,  Elba)–pero que no haya o que los escondan como objetos de mal gusto…eso sí no lo entiendo.



Tuesday, October 27, 2015

De viajes con Morfeo

He vuelto a soñar con una amiga fallecida hace algún tiempo ya: enero de 2009.  Siempre he soñado con mis muertos, pero no perduran en mi inconsciente como ella.  Cuando mi abuelo murió, recuerdo verlo y conversar con él en sueños por varios meses. Sin embargo, en esas citas con Morfeo, sabía que estaba muerto aunque no me extrañaba verlo. Pero tal como llegaba a mis sueños sin avisar, igual desapareció. No he vuelto a soñar con él. Con otro colega/mentor también soñé por meses después de su partida, pero Idia es insistente.  Recurre. No deja que la olvide.

Esto me hizo pensar en los sueños.  Tengo dos amigos a quienes me gusta contarles mis sueños porque se emocionan y los interpretan.  Me explican lo que, según ellos, significan y a menudo son mensajes positivos. Por ejemplo, cuando le conté a Jane que había soñado que tenía un bebé me dijo emocionada que era una nueva etapa en mi vida y que la recibía con la misma emoción con que se recibe a un recién nacido. Aunque me resulta divertido la posibilidad de que mis amigos acierten a dar con algún mensaje o simbolismo a mis estadías por el mundo onírico, no les creo necesariamente. Lo cierto es que la mayoría de nosotros pensamos que los sueños tienen algún propósito; solo que no hemos dado con ninguna explicación concreta.

Para algunos, los que creen en espíritus, los sueños y con quienes soñamos son mensajes que recibimos de otros mundos—como es el caso de mis amigos. Los psicólogos, desde Freud, creen que soñar con familiares o amigos que han fallecido puede indicar alguna depresión profunda, o sentimiento de culpa. Otros, los religiosos, dicen que el alma de la persona fallecida no ha encontrado la paz y aún vaga por el espacio buscándola. (Así como en la película The Sixth Sense con Bruce Willis).

Algunos estudiosos del cerebro creen que los sueños en realidad no significan nada. Que son sólo impulsos eléctricos del cerebro que lanzan pensamientos e imágenes de lo que hemos vivido al azar—sin ton ni son. Pero mis sueños tienen un hilo narrativo… ¿cómo se explica? Para estos científicos, lo que ocurre es que creamos una narración a nivel consciente para explicarnos el sueño, o explicárselo a otros.  No sé si eso será verdad pero aunque mis sueños parecen ser historias reales, siempre me cuesta explicarlos ya que lo que parecía tener sentido mientras dormía resulta incoherente cuando intento describírselo a otros.

Según “The science behind dreaming”*, soñar es un antiguo mecanismo de defensa biológica que nos proporciona una ventaja evolutiva ya que nos capacita para actuar más eficientemente frente a posibles eventos que nos amenazan. O sea, los sueños nos ayudan a procesar nuestras emociones. Lo que vemos y experimentamos en nuestros sueños no será real, pero las emociones unidas a estas experiencias, sin duda lo son. Nuestras historias oníricas tratan de despojar a la emoción de una cierta experiencia mediante la creación de un recuerdo de la misma. De esta manera, la emoción es neutralizada. Este mecanismo cumple un papel importante porque cuando no procesamos nuestras emociones, especialmente las negativas, aumenta la ansiedad. De hecho, no soñar se correlaciona, según este ensayo, con el posible desarrollo de trastornos mentales. En otras palabras, los sueños ayudan a nuestra mente a regular el tráfico que conecta nuestras experiencias con nuestras emociones y recuerdos. 

Volviendo entonces a mi sueño, creo (tendré que estar pendiente de esto) que tal vez recurro al recuerdo de Idia, cada vez que experimento una pérdida o amenaza—que no voy a dilucidar aquí-- y que su presencia me ayuda a bregar con mis truncadas emociones. 

* Resumo partes del ensayo que se encuentra en Scientific American

Saturday, September 26, 2015

Todo tiene su final

Todo tiene su final

En 1992, el afamado tenor Luciano Pavarotti subió a los escenarios para cantarle a un grupo de fanáticos que lo esperaban a sala llena en La Scala, Milán. En algún momento de la noche su estruendosa voz se rajó y el público—no todo por supuesto-- lo abucheó hasta sacarlo del escenario.  Igual les ha pasado a otros cantantes de ópera, no solo en Milán –conocido por lo exigente que es el público-- sino también en Méjico y Perú, donde los conocedores de la ópera no tienen paciencia con los cantantes y los estragos a los que someten su voz ya sea por mal uso, poco cuidado o simplemente los trastornos del tiempo (léase vejez).   

Si eso le hubiera pasado a Pavarotti en Puerto Rico, lo hubieran aplaudido y ovacionado. Así de agradecidos somos a los que nos honran con su presencia en los escenarios—presencia por la cual a veces pagamos $150.  Ese fue el caso de Joan Manuel Serrat en el concierto a beneficio de Radio Universidad del viernes 25 de septiembre.  Claro, que JMS es un querendón del público de PR. La sala del teatro de la Universidad estaba repleta de fans en su mayoría de “cierta edad” aunque en el segundo piso había un nutrido grupo de estudiantes. Y Serrat complació a sus fans cantando los temas que lo hicieron famoso en la isla: “Tu nombre me sabe a yerba”, “De cartón piedra”, “Para la libertad”, etc.  Mientras cantaba “Algo personal”, se le quebró la voz. El público reaccionó ofreciéndole un fuerte aplauso como si fuera un principiante, como para que no se desanimara. Cuando entonaba otra canción popular —creo que fue “Hoy puede ser un gran día” (sí, veo la ironía)-- empezó a toser tanto que tuvo que comenzar de nuevo.  Claro que Serrat es un profesional y supo manejar la crisis, pero yo me pregunto ¿hasta cuándo?

La primera vez que vi a Serrat me maravilló su voz que era como una caricia suave, ligera, hermosa.  Luego lo volví a ver cuando promovía el CD Tarrés y aunque su voz mostraba ya los estragos de la edad, le temblaba y lucía menos estable, supo gracias a que tenía un excelente grupo de músicos ofrecer un concierto digno.  El de ayer, aunque no lo odié, daba lástima.  Su voz mostraba el embate del tiempo y sólo de tanto en tanto se asomaba algo de aquella voz que alguna vez supo avasallar a los espectadores.

Decía Serrat que su canción “Ahora que tengo veinte años” era la más amortizada de su repertorio ya que por el paso del tiempo había tenido que cambiarle el título varias veces, hasta que por fin la familia le había pedido que la retirara, cosa que no ha hecho. Él explica el éxito aduciendo que los fanáticos de cuarenta se encuentran frente a una disyuntiva interesante pues “vienen de allá pero van pa’ llá”. Y me pregunto si no seremos los fans de cierta edad los culpables, hasta cierto punto, de este afán de los cantantes por aferrarse al escenario. Pasa lo mismo con Paul Mcartney a quien ya lo que le queda es un guilinchito de voz y sigue vendiendo espectáculos. (Su interpretación en el 2012 durante el Jubileo de la Reina fue doloroso.)

Aunque no dejaré de ser fanática del cantante catalán, y espero que continúe escribiendo—porque hay pocos tan talentosos como el en esa área-- no creo que vaya a volver a un concierto y el nuevo CD que aprovechó para promocionar, Antología Desordenada, tendrá realmente que enamorarme para que lo adquiera—el de Serrat y Sabina, Dos pájaros de un tiro (2007) ya es evidencia del deterioro vocal que sufre. Prefiero escuchar a otros intérpretes como en la producción Serrat, eres único (1995) que sufrir el desencanto de saber que como bien dice el cantautor “Todas las cosas tienen su final” y (parafraseo) “es bueno que así sea para que las aprendamos a valorar.”  Nos parece que al tiempo de Serrat en el escenario le llegó el momento.

Esto tuvo que decir El Nuevo Día del concierto: 


Gracias a la magia de Youtube aun podemos apreciar al Serrat de otra época.