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Friday, February 11, 2022

Acumular recuerdos


Cuando me fui del hogar paterno permanentemente, o sea casada no como estudiante, llevaba muy poco conmigo, porque poseía muy poco. Lo que dejé atrás, algunas cartas, postales y libros mi mamá se encargó de deshacerse de ellos. Recuerdo mi desconcierto cuando le pregunté si sabía donde estaban. Me dijo entre desafiante y hastiada que las había botado. No recuerdo, pero supongo que balbucee alguna queja pues no tenía la costumbre de retar a mi progenitora, aunque ya era una adulta formada con un bachillerato a cuestas. Sé que me invadió una tristeza inmensa porque había una carta que mi papá me había escrito cuando yo era niña y el se encontraba, por causas que no vienen al caso, recluido en un hospital. Todavía hoy quisiera haber conservado esa carta.

 Años después cuando me mudaba de la casa en la que había nacido y se había criado mi hijo, mudé muchas más cosas. Mucha más ropa, zapatos y libros, además de muebles, enseres y demás cosas de una casa. En aquel entonces, ya éramos tres los que nos mudábamos: mi esposo, mi hijo y yo. Cada uno con su cúmulo de posesiones que habíamos acumulado a lo largo de quince años. 

 En estos días en los que varias de mis amistades han estado en el proceso de mudarse, o se han mudado he recordado esas mudanzas mías y pienso en las que todavía nos esperan al colega y a mí…o la mudanza final, si tenemos suerte. Uno piensa que después de cierta edad solo hay dos mudanzas posibles: al cementerio o al asilo. Ver a mis amistades inmersas en este trajín de lanzarse a una nueva aventura me da un poco de estrés.

¿Por qué le asignamos tanto valor a los objetos?  Si alguien me preguntara que cosa no podría dejar atrás si me mudara  diría que si tuviera que irme de prisa agarraría mi cartera, por eso de los papeles importantes…Por otra parte, los objetos que cargaría a otra vida dependen de tantas variables. ¿Por qué me voy? ¿Adónde me iría? ¿En qué momento de la vida? ¿Bajo qué condiciones? Cuando me retiré y abandoné la oficina que ocupé por mas de 25 años, eché varios documentos y algunos libros en una caja y dejé todo lo demás tal y como estaba. A veces pienso que me habrán odiado en la oficina por dejar tanto atrás...Ni las gavetas vacié, pero es que me entraba la fatiga de solo pensarlo y además temía echarme a llorar…

Cuando mi suegra estaba viva, siempre decía que ella no iba a botar nada (ni siquiera lo que era obvio que había que desechar.)  Decía que lo dejaba en manos de los herederos disponer de lo que había por la casa cuando ella muriera. Recientemente sus hijos vaciaron la casa. Para facilitar el trabajo alquilaron un vagón y vaciaron todo en ese recipiente. Cuando digo todo, es todo: muebles, enseres, ropas, libros y todo lo demás que acumula una persona en una casa en la que ha vivido por cerca de 55 años. 

Una amiga que acaba de vender el apartamento en el que ha vivido desde que volvió a casarse hace unos diez años me dijo con un dejo de tristeza que su vida se había reducido a 15 cajas que ahora estaban en casa de su papá. No sé como tuvo la valentía de desprenderse de tantos, pero así lo hizo. Otra amiga que se mudó me dijo que le costó dejar atrás 16 años de recuerdos en la casa que había diseñado y decorado a su gusto y en la que nadie mandaba excepto ella. No está segura que la movió a vender la casa y teme que los hijos quieran decidir cómo va a ser su vida de aquí en adelante. Mi hermana mayor también anda recogiendo para cerrar otro capitulo de su vida. Esa si que tiene cachivaches. Mi hermana, a quien le falta poco para ser hoarder porque mira que le gusta coleccionar, también va a mudarse de un espacio amplio a uno más pequeño. Una de sus grandes preocupaciones es que hacer con todo lo que tiene.

 Dice la magnífica Irene Vallejo en una columna reciente para Milenio que “Cuando nos mudamos, tomamos conciencia de la apabullante cantidad de cosas que amontonamos”. Lo triste es que realmente necesitamos poco pero el consumo desmedido ha hecho que sintamos la necesidad de acumular, de tener aun cuando esto signifique que el planeta lo estemos poniendo en jaque. Lo triste es que nadie aprecia las cosas que uno posee, tanto como uno. Ni siquiera la casa. Y cuando a los hijos/as les toque decidir, lo mas seguro es que sin miramientos termine todo en un vagón de la basura.

 

 

 

 

 

https://www.milenio.com/cultura/laberinto/casas-repletas-de-cosas-por-irene-vallejo