Thursday, June 22, 2017

Los servicios esenciales

Al parecer al señor gobernador se le hace difícil decidir (o definir) cuáles son los servicios esenciales. Así que en un gesto noble y en aras del servicio público, lo vamos a ayudar. Según entendemos lo esencial, entiéndase aquello de lo que no podemos prescindir, es básicamente el oxígeno, el agua, la comida y, si somos ambiciosos, un techo que nos cobije. Por lo tanto, si fuéramos a ir a lo realmente fundamental, diríamos que de los servicios esenciales que ofrece el gobierno están la Autoridad de Acueductos y Acantilados, el Departamento de Agricultura y el Departamento de la Vivienda, y ya que apoya el trabajo de los anteriores La Autoridad de Energía Eléctrica.

Sin embargo, cuando se habla de servicios esenciales en el gobierno se piensa en aquellos que deberían proveerse para propiciar el sano convivir y lograr la salud física, mental y económica de sus constituyentes. Aquí pareciera complicarse la cosa pero no. Según el psicólogo y humanista, Alexander Maslow además de las necesidades básicas que tiene el ser humano para sobrevivir (o sea las arriba mencionadas), existen otras necesidades que deben satisfacerse para que una persona se sienta totalmente realizada.
Según su pirámide de necesidades—la cual ha sido modificada por otros psicólogos pero que sigue igual en lo básico—Maslow propuso que después de haber satisfecho las necesidades fisiológicas, las personas necesitan sentirse seguras. Aquí se incluye no solamente la seguridad física sino la sicológica. O sea, tener una vivienda, tener empleo, tener salud. Por lo tanto, el gobierno debe proveer servicios de seguridad (la policía y justicia), empleo, (Departamento del Trabajo), y servicios de salud (hospitales).

Creo que ya podemos ir elaborando un plan, señor gobernador.

Otra cosa que motiva a los seres humanos es la posibilidad de mejorar su condición económica. Y aquí entra ese elemento esencial que el gobierno de turno ha querido minar para no decir eliminar. A menos que se venga de una familia adinerada, o se tenga suerte e imaginación inusitada, la mayoría de las personas acceden a la seguridad económica a través de la educación. Por lo que otro servicio esencial lo ofrecen el Departamento de Educación y la Universidad de Puerto Rico. No quiere decirse con esto que otras dependencias del gobierno como Carreteras, CRIM y Hacienda no sean importantes, pero si tenemos que escoger, es evidente que las que menos deben afectarse son las mencionadas anteriormente, o sea, las esenciales. Si hay que decidir a quien NO cortarle la cabeza, me parece obvio: la seguridad, la salud, la educación. Después de todo, la Junta (JSF) lo que busca es que sea el gobierno el que decida a quién recortarle el presupuesto y no ella. Por supuesto que determinar cuáles son los servicios esenciales es relativamente fácil. Lo que requiere tacto, es anunciar a quiénes se le va a dar prioridad. Después de todo cuando se accede a cualquier puesto de poder se adquieren compromisos de diversas clases, se hacen promesas, se trastocan ideales, se pone en juego la integridad…pero alguien tiene que ponerle el cascabel al gato.

Atrévase señor gobernador; hágalo.

Thursday, June 15, 2017

De las postales y los males del alma




Siempre me han fascinado las postales. No sé por qué.  Cuando era una joven con pocos recursos, me fascinaba ir a la tienda de postales, cuando aun existían esas cosas, a ojearlas y comprar alguna cuando podía. Las postales no sólo le hacen saber al que las recibe que se piensa en él o en ella sino que también facilitan el proceso de compartir los sentimientos. Hay postales en las que la simple imagen basta.  Pero en la mayoría de los casos se escoge una tarjeta por el mensaje.  Siempre he envidiado a los que las escriben.  Una vez conocí a una chica que se dedicaba a eso, a escribir postales. Me sentía al conocerla como se siente el que conoce a una celebridad. No recuerdo, sin embargo, si alguna vez pude conocer su trabajo. Nunca más la volví a ver.

Tal vez porque las palabras son importantes para mí, escoger una postal para un ser querido, o un amigo/a, es bien difícil. Leo muchas antes de optar por una. A veces me gusta la imagen pero no el contenido.  A veces el contenido es bueno pero no me gusta para nada el diseño. Hubo un tiempo, cuando tener una impresora era una novedad, que las hacía yo misma. Pero nunca tuve el talento necesario para  sustituir las profesionales por aquellos frustrados intentos.

Hay postales para todas las ocasiones: jocosas, melodramáticos, tiernas. Una de mis favoritas me la regaló mi hermana una vez para las madres.  Decía algo así como Siempre supe que serías una buena madre….pues siempre te ha gustado mandar. (Algo por el estilo.) Otra vez me regaló una, que sé que la tengo guardada, pero no la pienso buscar ahora, en la que me comparaba con Mami, cuando eso no era halagador.  Recuerdo que nos echamos a reír, y mami preguntó de qué nos reíamos. “Nada, nada” recuerdo que le dije.

El colega, sospecho que hace igual que yo pero tiene mejor suerte pues siempre encuentra las más bellas, las que combinan el texto perfectamente con la imagen.  Tengo, como las novias adolescentes, todas las que me ha dado y a veces me siento a releerlas.

Con la muerte de Papi, a quien le gustaba guardarlo todo, encontramos algunas postales que le habíamos enviado a lo largo del tiempo. Las mejores eran de mi hermana. Supongo que ella también pasa largos ratos buscando la ideal; también es más generosa con las palabras. Mientras leía las postales de Papi, me percaté que las pocas mías eran secas, displicentes, podría decirse.  Los mensajes eran bastante genéricos y parcos y las firmaba con mi nombre y nada más.  Y es que supongo que al igual que con Mami, tenía sentimientos encontrados con él. Por muchos años pensaba que entre las personas que más amaba en el mundo estaba él. Aunque reconocía que tenía muchos defectos, no por eso podía dejar de verlo y alegrarme, de buscar su compañía, de querer su aprobación.

Desafortunadamente, cuando llegaba el momento de comprar una postal para el día de los padres, me entraba un desasosiego.  ¿Encontraría una postal que dijera lo que realmente sentía por él? No recuerdo haberla encontrado nunca.  Las postales, en general, no lo describían ni comunicaban lo que sentía.  Muchas veces le llevaba el regalo sin la postal. Ahora que ya no está, pienso que fui mezquina.  En mi afán por encontrar las palabras exactas, perdí muchas buenas oportunidades de por lo menos hacerlo feliz, de hacerlo sentir bien, de mostrarle cuanto lo quería. De esto estoy convencida porque un año en el que no sabía que regalarle, después que nos había pedido que no le regaláramos nada, le escribí un poema—malo por supuesto—cuando terminó de leerlo se sonrió, pero no me dijo nada. Entre sus cosas encontré el poema.  Para mi sorpresa, al dorso del papel había escrito en su letra distintiva: Gracias, Elsa. 


Supongo que no se escriben postales para los muertos pero de haberlas la mía tendría que decir. Papi, que bueno haberte tenido en mi vida; te extraño todos los días.