Monday, January 09, 2017

¿Sobrevivir o sobrellevar la vejez?



Dice mi hermana que ya es la tercera vez que papi le habla del suicidio. No reacciono sorprendida. Le digo, “Por lo menos te habla.” A mí a penas me echa la bendición y las más de las veces me tengo que conformar con oirlo ladrarme alguna directriz. Yo lo tolero porque alguna vez fue otra persona, una que quise y que influyó grandemente en mi vida. También entiendo que no es nada fácil para él vivir así, como vive condenado a la rigidez de un cuerpo que alguna vez fuera vigoroso y fuerte.

Yo los veo a ambos, a papi con el mal de Parkinson y a mami encamada y sé que no quisiera compartir su suerte. Deseo que la vida me sea más amable y me lleve antes que tenga que vivir dependiendo de los demás para todo, sin voluntad, sin esperanzas, sin sueños, sin ambiciones.

Hace unos meses leí un artículo que me hizo pensar en lo poco que se habla de la muerte y sus aciertos (sí, las ventajas) en los círculos por los que uno transita y sin embargo, tan presente que está en la mente de los enfermos y los que los cuidan. Tanto que corroe el alma. En este escrito titulado “A life worth ending,” Michael Wolfe, el hijo de una madre encamada habla de cómo la era de “los milagros médicos ha creado una nueva etapa de envejecimiento,” una especie de limbo en el que las personas se mantienen con vida pero que realmente están “tan lejos de vivir como de morir.”

¿Será esa la fascinación actual por los zombis, esos seres imaginarios que aparentan estar vivos porque pueden desplazarse por las calles y aterrorizar a los demás? Dice Wolfe que mientras nos afanamos en lograr que la medicina y la tecnología nos prolonguen la vida, no pensamos en que esto repercute en la vida de los demás ya que este tipo de vida, zombificada, requiere de grandes recursos económicos, físicos y emocionales.

Yo  vivo curiosa por conocer más sobre esos ángeles que escriben ensayos en los que afirman que son capaces de cuidar a sus enfermos con una sonrisa y con fuentes inagotables de buena disposición y alegría. Envidio a esas personas y a la vez desconfió de ellas. ¿Será posible no resentir la imposición? Yo quiero y trato de servir con buena disposición, pero no siempre es posible. Papi por ejemplo está furioso con la vida, tal vez, aunque no logre admitirlo, hasta con Dios, y no lo disimula. Nunca fue un hombre sumiso ni delicado, pero a veces es francamente insufrible. Nos trata como servidumbre. Mi hermana mayor quien siempre fue su favorita es quien más parece sufrirlo. Ella no sabe cómo reaccionar cuando el la hiere. Las demás lo confrontamos. Recientemente le dije en tono bajo pero firme que yo entendía que el tuviera coraje con el mundo, pero que no era justo que se desquitara con nosotras que solo tratamos de ayudarlo. El me ignoró, pero yo sé que me escuchó. Y sé que le trabajó porque después andaba tratando, sin poder, de pasar mapo en el baño.

Yo me empeño en tratar de que tanto él como mami estén cómodos, pero no puedo evitar preguntarme cuánto tiempo durará esta dependencia.  No se van a mejorar, no importa cuantos potajes y vitamimas mi hermana se empeñe en atosigarles.  Mami va perdiendo los deseos de vivir y papi, quien por lo menos todavía deambula por la casa, también.  

Al cuestionarse el precio de la vida, Wolfe incluye una cita de Philip Roth: "La vejez no es una batalla, es una masacre". Y añade que la vejez “es un holocausto. Las circunstancias han conspirado para robar a la persona humana…de toda esperanza, dignidad y consuelo.” Claro que no todos los viejos son iguales. Hay quienes viven vidas plenas a pesar de su senectud y de alguno que otro padecimiento ¿quien no los tiene después de los 60?  Aquí de lo que hablo y habla Wolfe es del que ha perdido la independencia, del que está sujeto a la caridad de los demás.

Wolfe reclama que debe haber una forma más humana, menos humillante, de llegar al final. Mientras tanto, los que aun gozamos de un grado de autonomía debemos hablar del final—yo ya lo hablo demasiado—y debemos prepararnos para que nuestro último tramo por la vida lo pasemos como escojamos y  no como nos lo imponga la vida.

Texto citado: Michael Wolfe New York Magazine

La muerte es de esos temas recurrentes en mi blog. Mis disculpas a los que ya estén hartos. Para los demás, aquí incluyo otras entradas sobre el mismo tema.

Tuesday, December 27, 2016

Los tatuajes, una reflexión



Soñé que mami estaba nuevamente hospitalizada. Cuando la fuimos a cambiar noté que tenía un tatuaje en el pecho y otro en la espalda. Le pregunté que cuando se había hecho aquello y no me contestó. Traté de dar con el último día en que la había visto, pero no recordaba. Entonces le pregunté a mi hermana y tampoco me supo decir cómo habían llegado los tatuajes a su cuerpo.  Daba la impresión de que mami se había escapado a hacerse los tatuajes mientras las que la cuidamos no estábamos pendientes. No recuerdo los detalles de los tatuajes. Sé que eran grandes y llamativos. El de atrás le cubría toda la espalda. Recuerdo que eran de colores. También recuerdo que en el sueño me dije que tenía que tomarles unas fotos. Le pregunté si le había dolido y me dijo que no. Le pregunté al médico, un joven vestido con scrubs azules, si él se los había hecho y tampoco me contestó.

Se me ocurre una razón para este sueño.  He estado viendo por el área una van que anuncia: Se remueven tatuajes. Me parece curioso. Concluyo que ya hay un mercado para remover tatuajes. ¿Será que ya no están de moda o que se eliminan para limpiar el lienzo y comenzar de nuevo? He leído que un número significativo de personas se hace tatuajes cuando están under the influence. Así que debe haber un gran número de personas que anda arrepentida de hacérselo o de por lo menos haber escogido uno que realmente no los representa.

No parece que haya un tipo de persona que se haga tatuajes. Según lo que he leído, los hay de todas clases. Sin embargo, tengo tres sobrinas con tatuajes y tengo que admitir que se parecen entre sí aunque si se les preguntáras lo negarían rotundamente. Son las rebeldes del bonche. Una tiene o tenía, ya han dejado de ser objetos de curiosidad para mí, un enorme ojo en la espalda. Otra tiene especies marinas alrededor de los tobillos. La otra tenía, hace tiempo que no la veo, dibujos bastante rústicos en los brazos y hombros. Más bien parecían dibujos de algún crío. 

Hace años conocí una cineasta que tenía todo el cuerpo tatuado.  Me contó que se lo hizo un famoso artista a cambio de que modelara en un Show de tatuajes. Otra persona que conozco se hizo un aguila enorme en la espalda. Cuando le pregunté si no lo podía perjudicar ya que acababa de conseguir un trabajo con una compañía bastante conservadora, me dijo que ellos no tenían por qué enterarse. Recuerdo que mi primo, mucho mayor que yo, llegó del ejército con una rosa tatuada en el brazo y el nombre de quien luego fuera su esposa. Supongo, que ahora que llevan años divorciados, se lo habrá removido. Nunca le he preguntado. 

Yo soy de la cultura pre-tatuaje. Todavía me intriga el impulso que tienen algunos por marcarse la piel, no como adorno, como serían los de henna, sino para “siempre.” Estoy segura que si me hubiese tatuado a los 20 como lo hizo mi primo, ya andaría arrepentida.  No soy ya esa niña. Ni me identifico con su vida.

También soy de las que huye del dolor y más aún el auto impuesto. Aunque hay quien lo niega, la mayoría acepta que es un procedimiento doloroso. Que conste que puedo bien apreciar el arte de los tatuajes. Algunos son verdaderas obras de arte.  Pero sé que ni me haría uno ni lo recomendaría. A veces pienso que soy aburrida y demasiado convencional hasta para mi gusto…

Mucha gente tiene miedo de perderse en el anonimato, quieren que se les vea, no sentirse invisibles... por eso la prevalencia de los selfies, supongo. Los tatuajes son formas de expresión individual. El tatuaje que antes era exclusivo de los presos y marineros (de los que anhelaban el contacto humano) es una forma que tiene la gente (los jóvenes y los no tan jóvenes)  de expresarse, de sentirse únicos, de hablar sin palabras. ¿Qué estaría diciéndome mami, la de mi sueño?

Monday, December 19, 2016

Rectify




Rectify, la serie de Sundance, de la cual escribí en julio del año pasado, ha llegado a su final. La serie que duró cinco temporadas gira alrededor de la vida de un exconvicto, Daniel Holden. Daniel había sido condenado a muerte por la violación y asesinato de su novia Hanna Dean, pero es liberado después de casi veinte años gracias a una prueba de ADN que invalida su sentencia.  El creador de la serie Ray McKinnon, dice que para crear el personaje y la historia se inspiró en la vida real, la suya para los detalles del pequeño sureño pueblo en el que se desarrolla la trama y la de otros exconvictos liberados despues de la llegada de las pruebas de ADN. Dice que la idea le surgió después de escuchar a un exconvicto hablar de la euforia de ser libre. Entonces McKinnon se da a la tarea de explorar que sucede después de ese primer día de libertad.  ¿Cómo se sobrevive después de que tanto de la vida se ha pasado encerrado en otra realidad? ¿Cómo se afrenta al mundo el que ha sido encarcelado a pesar de ser inocente?

De regreso a Paulie, Georgia, su pueblo natal, el protagonista, intenta comenzar de nuevo. Desafortunadamente no cuenta con las herramientas sociales para ello y ni recibe el apoyo de quienes lo rodean y aun lo consideran culpable.

Una de las cosas que más me gustó de esta serie es que es un mundo que nos es familiar. No es un mundo de gente mala ni envidiosa ni fuera de este mundo. Aquí la gente es básicamente buena, que sí, comenten errores, pero no es por maldad ni buscando venganzas. Uno de los personajes más interesantes es el de la hermana, Amantha. Amantha tiene apenas doce años cuando a Daniel lo condenan. Convencida de la  inocencia de su hermano la joven  dedica su vida a conseguir que la sentencia de su hermano sea conmutada. En efecto, su vida es marcada indeleblemente por lo que le sucede a Daniel.

La mamá (Janet) es otro personaje de interés.  Janet es una mujer que se siente derrotada como madre. Es una mujer inteligente y capaz pero apocada por lo que le sucedió a su hijo. Después de que es liberado, trata de acercarse a su hijo y relacionarse con el, pero Daniel, aunque respetuoso, está demasiado dañado por sus experiencias en la cárcel. No sabe compartir con otras personas ni ser confiado y feliz.

Como dice su creador, Rectify no es una serie para el multitasking. Es una serie que requiere atención. No tiene disparos, ni gritos, ni efectos especiales. No es una historia de villanos ni de asesinos a sueldo. Eso si, es una serie para los que se conmueven frente al dolor ajeno, para quienes aprecian las tramas lentas y las que exploran no la acción sino los sentimientos y preocupaciones de sus personajes. Y para los que lloran con facilidad y lo asumen.  Yo me la pasé llorando, o a punto de llorar…

Aunque el significado del título es obvio por  la trama. Es sólo en el último capitulo que se usa la palabra rectify, (de corregir o arreglar) por primera vez. La pronuncia Amantha para aceptar que no hay forma de corregir el mal que sucedió. Que nada puede cambiar el pasado, que es solo el futuro lo que todavía puede enmendarse.
“Nothing will rectify what’s happened,” le dice Amantha a Jon, el abogado de Daniel (otro personaje adorable). “It won’t bring back Hannah, or my dad, or my 18-year-old brother.” 

He aquí el mensaje, si alguno, de la serie. No se puede mirar al pasado buscando corregir el presente. Rectify es una serie que aunque nominada no recibió premios y que ha quedado reservada para los pocos, no para las masas. Un crítico proponía que se creara un premio especial en el que se pudiera nominar la serie y que resultara ganadora, porque se lo merecía. Así son los fans de la serie. Muchos la consideramos entre las mejores vistas por su belleza y su poesía, por la delicadeza con la cual se acerca al tema de la salvación, del crecimiento espiritual y de la angustia existencial. Aun sin premios, la recomiendo a mis lectores. Si no tienen Sundance, pueden ver las primeras cuatro temporadas en Netflix y la última, como hice yo, en itunes.