Tuesday, June 09, 2015

Les ravages du temps



Un día mientras compartíamos anécdotas de nuestros padres y como avanzan con renuencia y resistencia hacia la muerte, una prima me dijo, “Old age is all about loss….Old people have to constantly deal with loss.” Se refería ella a las pérdidas no solo físicas sino también a las emocionales y sociales que sufren los viejos. A cierta edad va uno perdiendo a la mayoría de las personas que ha conocido en la vida o ha querido, va perdiendo la independencia, la dignidad, y hasta el respeto de los demás. Así que no nos debe sorprender que nuestros ancianos se nos vuelvan más gruñones, más excéntricos, más difíciles de complacer,…más difíciles de querer.

Una de las primeras cosas que perdemos con el inexorable paso del tiempo es la fortaleza física. No importa cuanta hayamos tenido en algún momento dado, toda pérdida se siente como inmensa, y sabemos que por pequeña que sea, es irrecuperable. Pensaba en esto recientemente mientras observaba a mi papá, alguna vez tan fuerte, luchar por poner un espeque.  Sus flácidos músculos apenas podían sostener la vara que intentaba amarrar contra una verja. Y lo triste es que vamos perdiendo la fuerza o habilidad lentamente, sin que a duras penas lo notemos.

Otra gran pérdida es la independencia. Un día andamos por el mundo como dueños incuestionables de nuestro destino y de pronto, no podemos ni conducir el auto. Esto es un golpe emocional fuerte para muchos ancianos.  No importa las buenas intenciones, es una pérdida de la que no se recupera uno fácilmente.  Desde la niñez soñamos con la autonomía (y no digo política ni de país, que ese es otro cuento), con la libertad para hacer lo que nos plazca, por lo menos acá en los países en que es posible hasta cierto punto. Llegamos entonces a la plena adultez sintiéndonos realizados, compramos el coche, y conducimos con desparpajo hasta que un día inesperado notamos que el volante no gira con la suavidad de antes o que no reconocemos el camino y nos asustamos. Empezamos a evitar encontrarnos en situaciones que nos puedan confundir, adoptamos ciertas rutinas.  Lo triste es que otros también lo han notado. Y un día el hijo/a bien intencionado nos señala el deterioro de las preciadas facultades automotrices…Nos tachan de “peligro al volante” y sin mucha misericordia perdemos la opción de conducir. No es fácil ceder la libertad de ir y venir a donde a uno le plazca. Mi papá luchó furiosamente contra esta perdida. Estaba violento y rebelde. Argüía que todavía podía guiar aunque ya había tenido varios accidentes y conducía muy por debajo del límite de velocidad. Por otra parte, mi suegra que guió hasta entrada en los 80, asumió la pérdida con resignación.  Llevaba meses distraída.  Salía con la intención de llegar a algún punto determinado y se perdía.  No recordaba una ruta que había recorrido un sinnúmero de veces…

Sin embargo, tal vez, lo más valioso que se pierda es la dignidad y el respeto de los demás. En “Una muerte muy dulce” Simone de Beauvoir narra los momentos previos a la muerte de su mamá.  Entre las cosas que cuenta está la primera vez que vio el cuerpo desnudo de su madre.  Ella estaba alarmada, pero la señora que convalecía hacía semanas entendía que su cuerpo ya no era suyo y que había perdido el pudor o la voluntad para preocuparse por ello. Y así con la vejez llega la incontinencia y otros problemas relacionados que nos obligan a abandonar el recato.  Algunos lo aceptan; otros rehúsan reconocer que ni siquiera pueden controlar sus propios cuerpos.  Supongo que los anuncios comerciales que nos anuncian las maravillas de los pañales para adultos sirven para que la transición resulte más “normal” y no como algo asilado y único…Por otra parte, algunos encargados de atender a los adultos no ayudan mucho.  Tratan a los viejos como si fueran niños: los tutean, los regañan, los amenazan… como si envejecer sin dignidad ni respeto no fuera suficiente…En fin, que hay toda una caterva de situaciones que hacen que el envejecer sea no algo digno sino más bien denigrante y pesado.

Cuenta un viejo libro publicado a principios del siglo pasado The Golden Bough (Frazier 1922) de cómo muchas religiones se ocupaban de asegurar que sus dioses mantuvieran su vitalidad y pertinencia renovando a sus representantes en cuanto mostraban alguna flaqueza (emocional o física) propia de los humanos. “The man-god must be killed as soon as he shows symptoms that his powers are beginning to fail, and his soul must be transferred to a vigorous successor before it has been seriously impaired by the threatened decay.”


O sea, que a pesar de que hablamos de la edad dorada y de "nuestros ancianos", ya desde que el mundo es mundo la vejez es un estado de descomposición que se vuelve más innegable a medida que nos acercamos a ella.  Hay un cuento hermoso de Leslie Marmon Silko una escritora indígena de Nuevo Méjico que se llama “The man to send rain clouds”. En este cuento un viejo de la tribu (Laguna) desaparece y varios días después lo encuentran muerto bajo una vieja ceiba. Los sobrinos que lo encuentran asumen su muerte como algo natural y se disponen a darle un entierro digno y tradicional. A pesar de que el énfasis del cuento es en el choque de culturas --tienen que leerlo porque no lo voy a contar aquí-- y de que conozco poco de las culturas indígenas, me gusta pensar que el viejo presentía que estaba llegando al final y escogió dónde y cómo morir. Y así pienso que debería ser para todos.  Llegar a la vejez con alguna autonomía y dignidad no debería ser un sueño de idiotas, sino una posibilidad real.  

4 comments:

Aleator said...

Aunque suene trillado, pienso en Don Quijote. Sería bueno releer la novela desde esa perspectiva de la pérdida durante la vejez, aunque cuando se inicia la novela Alonso Quijano no era necesariamente un anciano. Y pienso también en esa canción de Serrat sobre DQ en la que le pide al caballero que lo lleve en su caballo. Digo esto porque quizás esa edad de ocaso, es también un momento de la vida en el que algunas personas se reinventan. Quizás pensar que son otros, les ayuda a compensar las pérdidas. Y tal vez por eso, la Mancha o la ancianidad es un lugar del que muchos no quieren acordarse.

elf said...

Gracias Aleator por tu comentario tan literario. El Quijote es definitivamente un buen ejemplo. El alguna vez lúcido lector convertido en el hazme reír de la comarca. Tal vez es posible reinventarse como DQ, falta que te lo permitan los demás...

Melvin said...

Hola Elsa. Este articulo esta excelente. Lo deberias publicar en algun periodico local.

elf said...

Gracias, Melvin. Ya hablaremos más del tema en persona...