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Tuesday, January 24, 2017

La mordaza (re)vive

En 1948, el gobierno de Puerto Rico con el apoyo de los Estados Unidos pasó lo que vino a llamarse La Ley de la Mordaza.  Esta ley suponía que toda palabra hablada, escrita o leída que de alguna manera perjudicara al gobierno de la isla podría considerarse como un intento de derrocar al gobierno y por la tanto, se consideraría un crimen. En 1987, la historiadora Ivonne Acosta Lespier publica el libro La Mordaza. Este es un valioso recuento de cómo se promueve la legislación, se pasa la ley, se señala a los culpables y se impone la mordaza en la isla.  La ley en la que se fundamentó la escrita en la isla, se basó en una llamada la Ley Smith que aprobó el Congreso de EEUU en la decada de los 40. Diseñada para señalar a ciudadanos que pudieran traer ideas subversivas al país, la Ley Smith fue utilizada, como la Mordaza en Puerto Rico, para atacar a cualquiera que no compartiera la paranoia comunista del gobierno, o sea, a los liberales, progresistas, socialistas y comunistas. El director del FBI, J. Edgar Hoover, famoso por la cacería de brujo/as a que sometió al país, utilizó el poder otorgado en virtud de esta ley para poner en marcha el desmantelamiento de la izquierda estadounidense. Afortunadamente, a pesar de la persecución logró sobrevivir mal que bien.

Lo más importante de este escrito es recordar que la Ley Smith nunca se ha derogado (La local fue derogada por los abusos cometidos en 1957) y ya parece que los americanos, o por lo menos su magnífico presidente, quieren revivirla. Debemos estar alertas por lo que nos toca…. Como ejemplo les dejo el enlace a una noticia en que se anuncia una mordaza a todo lo que tenga que ver con el ambiente: http://www.periodicolaperla.com/imponen-mordaza-la-epa/

Monday, January 09, 2017

¿Sobrevivir o sobrellevar la vejez?



Dice mi hermana que ya es la tercera vez que papi le habla del suicidio. No reacciono sorprendida. Le digo, “Por lo menos te habla.” A mí a penas me echa la bendición y las más de las veces me tengo que conformar con oirlo ladrarme alguna directriz. Yo lo tolero porque alguna vez fue otra persona, una que quise y que influyó grandemente en mi vida. También entiendo que no es nada fácil para él vivir así, como vive condenado a la rigidez de un cuerpo que alguna vez fuera vigoroso y fuerte.

Yo los veo a ambos, a papi con el mal de Parkinson y a mami encamada y sé que no quisiera compartir su suerte. Deseo que la vida me sea más amable y me lleve antes que tenga que vivir dependiendo de los demás para todo, sin voluntad, sin esperanzas, sin sueños, sin ambiciones.

Hace unos meses leí un artículo que me hizo pensar en lo poco que se habla de la muerte y sus aciertos (sí, las ventajas) en los círculos por los que uno transita y sin embargo, tan presente que está en la mente de los enfermos y los que los cuidan. Tanto que corroe el alma. En este escrito titulado “A life worth ending,” Michael Wolfe, el hijo de una madre encamada habla de cómo la era de “los milagros médicos ha creado una nueva etapa de envejecimiento,” una especie de limbo en el que las personas se mantienen con vida pero que realmente están “tan lejos de vivir como de morir.”

¿Será esa la fascinación actual por los zombis, esos seres imaginarios que aparentan estar vivos porque pueden desplazarse por las calles y aterrorizar a los demás? Dice Wolfe que mientras nos afanamos en lograr que la medicina y la tecnología nos prolonguen la vida, no pensamos en que esto repercute en la vida de los demás ya que este tipo de vida, zombificada, requiere de grandes recursos económicos, físicos y emocionales.

Yo  vivo curiosa por conocer más sobre esos ángeles que escriben ensayos en los que afirman que son capaces de cuidar a sus enfermos con una sonrisa y con fuentes inagotables de buena disposición y alegría. Envidio a esas personas y a la vez desconfió de ellas. ¿Será posible no resentir la imposición? Yo quiero y trato de servir con buena disposición, pero no siempre es posible. Papi por ejemplo está furioso con la vida, tal vez, aunque no logre admitirlo, hasta con Dios, y no lo disimula. Nunca fue un hombre sumiso ni delicado, pero a veces es francamente insufrible. Nos trata como servidumbre. Mi hermana mayor quien siempre fue su favorita es quien más parece sufrirlo. Ella no sabe cómo reaccionar cuando el la hiere. Las demás lo confrontamos. Recientemente le dije en tono bajo pero firme que yo entendía que el tuviera coraje con el mundo, pero que no era justo que se desquitara con nosotras que solo tratamos de ayudarlo. El me ignoró, pero yo sé que me escuchó. Y sé que le trabajó porque después andaba tratando, sin poder, de pasar mapo en el baño.

Yo me empeño en tratar de que tanto él como mami estén cómodos, pero no puedo evitar preguntarme cuánto tiempo durará esta dependencia.  No se van a mejorar, no importa cuantos potajes y vitamimas mi hermana se empeñe en atosigarles.  Mami va perdiendo los deseos de vivir y papi, quien por lo menos todavía deambula por la casa, también.  

Al cuestionarse el precio de la vida, Wolfe incluye una cita de Philip Roth: "La vejez no es una batalla, es una masacre". Y añade que la vejez “es un holocausto. Las circunstancias han conspirado para robar a la persona humana…de toda esperanza, dignidad y consuelo.” Claro que no todos los viejos son iguales. Hay quienes viven vidas plenas a pesar de su senectud y de alguno que otro padecimiento ¿quien no los tiene después de los 60?  Aquí de lo que hablo y habla Wolfe es del que ha perdido la independencia, del que está sujeto a la caridad de los demás.

Wolfe reclama que debe haber una forma más humana, menos humillante, de llegar al final. Mientras tanto, los que aun gozamos de un grado de autonomía debemos hablar del final—yo ya lo hablo demasiado—y debemos prepararnos para que nuestro último tramo por la vida lo pasemos como escojamos y  no como nos lo imponga la vida.

Texto citado: Michael Wolfe New York Magazine

La muerte es de esos temas recurrentes en mi blog. Mis disculpas a los que ya estén hartos. Para los demás, aquí incluyo otras entradas sobre el mismo tema.

Tuesday, December 27, 2016

Los tatuajes, una reflexión



Soñé que mami estaba nuevamente hospitalizada. Cuando la fuimos a cambiar noté que tenía un tatuaje en el pecho y otro en la espalda. Le pregunté que cuando se había hecho aquello y no me contestó. Traté de dar con el último día en que la había visto, pero no recordaba. Entonces le pregunté a mi hermana y tampoco me supo decir cómo habían llegado los tatuajes a su cuerpo.  Daba la impresión de que mami se había escapado a hacerse los tatuajes mientras las que la cuidamos no estábamos pendientes. No recuerdo los detalles de los tatuajes. Sé que eran grandes y llamativos. El de atrás le cubría toda la espalda. Recuerdo que eran de colores. También recuerdo que en el sueño me dije que tenía que tomarles unas fotos. Le pregunté si le había dolido y me dijo que no. Le pregunté al médico, un joven vestido con scrubs azules, si él se los había hecho y tampoco me contestó.

Se me ocurre una razón para este sueño.  He estado viendo por el área una van que anuncia: Se remueven tatuajes. Me parece curioso. Concluyo que ya hay un mercado para remover tatuajes. ¿Será que ya no están de moda o que se eliminan para limpiar el lienzo y comenzar de nuevo? He leído que un número significativo de personas se hace tatuajes cuando están under the influence. Así que debe haber un gran número de personas que anda arrepentida de hacérselo o de por lo menos haber escogido uno que realmente no los representa.

No parece que haya un tipo de persona que se haga tatuajes. Según lo que he leído, los hay de todas clases. Sin embargo, tengo tres sobrinas con tatuajes y tengo que admitir que se parecen entre sí aunque si se les preguntáras lo negarían rotundamente. Son las rebeldes del bonche. Una tiene o tenía, ya han dejado de ser objetos de curiosidad para mí, un enorme ojo en la espalda. Otra tiene especies marinas alrededor de los tobillos. La otra tenía, hace tiempo que no la veo, dibujos bastante rústicos en los brazos y hombros. Más bien parecían dibujos de algún crío. 

Hace años conocí una cineasta que tenía todo el cuerpo tatuado.  Me contó que se lo hizo un famoso artista a cambio de que modelara en un Show de tatuajes. Otra persona que conozco se hizo un aguila enorme en la espalda. Cuando le pregunté si no lo podía perjudicar ya que acababa de conseguir un trabajo con una compañía bastante conservadora, me dijo que ellos no tenían por qué enterarse. Recuerdo que mi primo, mucho mayor que yo, llegó del ejército con una rosa tatuada en el brazo y el nombre de quien luego fuera su esposa. Supongo, que ahora que llevan años divorciados, se lo habrá removido. Nunca le he preguntado. 

Yo soy de la cultura pre-tatuaje. Todavía me intriga el impulso que tienen algunos por marcarse la piel, no como adorno, como serían los de henna, sino para “siempre.” Estoy segura que si me hubiese tatuado a los 20 como lo hizo mi primo, ya andaría arrepentida.  No soy ya esa niña. Ni me identifico con su vida.

También soy de las que huye del dolor y más aún el auto impuesto. Aunque hay quien lo niega, la mayoría acepta que es un procedimiento doloroso. Que conste que puedo bien apreciar el arte de los tatuajes. Algunos son verdaderas obras de arte.  Pero sé que ni me haría uno ni lo recomendaría. A veces pienso que soy aburrida y demasiado convencional hasta para mi gusto…

Mucha gente tiene miedo de perderse en el anonimato, quieren que se les vea, no sentirse invisibles... por eso la prevalencia de los selfies, supongo. Los tatuajes son formas de expresión individual. El tatuaje que antes era exclusivo de los presos y marineros (de los que anhelaban el contacto humano) es una forma que tiene la gente (los jóvenes y los no tan jóvenes)  de expresarse, de sentirse únicos, de hablar sin palabras. ¿Qué estaría diciéndome mami, la de mi sueño?