Tuesday, August 06, 2013

Educación 101



La reportera Keila López Alicea en su artículo en El Nuevo Día del domingo sobre la educación “Hijos de otros, hijos de nadie” asegura que “La iniciativa del gobernador Alejandro García Padilla para exigir la participación de los padres y madres en la educación de sus hijos busca solucionar apenas uno de los síntomas de un grave problema social en Puerto Rico: el dejar en manos de otros la crianza de los vástagos.” El problema que veo con esta aseveración es el de suponer que todos los padres y madres son iguales, viven en circunstancias similares y que a todos les interesa la educación de sus hijos.

No es así.  No todos, ni siquiera los que van a las escuelas a “supervisar” las labores de sus hijos, valoran la educación ni la valoran de la misma manera. Obligar a los padres a ir a la escuela pone de manifiesto la brecha entre los que tienen y los que no, entre los que viven cómodos en sus cuerpos y sus hogares y los que viven como decía Henry David Thoreau “lives of quiet desperation”. 

Pongamos algunos casos como ejemplo.  Los siguientes son traídos de mi experiencia como maestra de secundaria en varias escuelas que no voy a mencionar y los nombres han sido cambiados. Primero: Rafa es un niño intranquilo que llega a la escuela tempranito para poder aprovechar el desayuno.  A las 11:10 ya empieza a pararse a chequear la fila del comedor. Tiene Rafa problemas grandes de aprendizaje y disciplina.  La maestra ha citado a sus padres para conversar sobre las maneras en que pueden ayudar al niño.  Los padres nunca llegan.  Rafa siempre tiene una buena excusa.  Que si la mamá está enferma, que tuvo que trabajar hasta tarde, que tuvo que ir a la oficina de los cupones.  Un día Rafa se mete en una pelea a la hora del almuerzo.  Allá va Misis a intervenir.  El niño resiente la “ayuda” de la maestra.  Razón de la pelea: el otro niño se coló en la fila del almuerzo.  “Hay comida para todos” dice la maestra exasperada. 
“Misis, es que si ese nene no come aquí se queda sin comer,” le comenta la conserje quien conoce a todos los niños por su nombre y sus circunstancias.
“¿Por que dices eso? Seguro que algo podrá comer cuando llegue a su casa.” 
“La mamá es una yonki Misis y el papá un borrachín.” La maestra perpleja se dispone a averiguar.  Descubre que hace varios días que Rafa no ve a su madre.  Su padre quien trabaja en construcción y es el “responsable” de la casa llega borracho todos los fines de semana y si el niño siquiera lo mira mucho termina golpeado.

Segundo: Emily es una niña preciosa con los cabellos rubios, los ojos rubios y los dientes rubios, así como dice Rubén Blades. Llega impecablemente vestida a la escuela. Se sienta siempre al frente.  Su mamá semanalmente le trae regalitos a la maestra, que si unas galletitas, que si un flancito “que preparé yo misma, Misis” etc. Cada vez que hay proyectos o actividades en la escuela la madre de Emily está allí, acompañando a su hija.  Sin embargo, Emily, no responde del todo bien en el salón de clases.  Se distrae a menudo. No parece entender las instrucciones ni tareas, pero las asignaciones siempre están perfectas, los proyectos perfectamente preparados.  La maestra entrevista a la niña.  Pronto se da cuenta que Emily no hace las asignaciones ni se involucra en los proyectos.  El objetivo en su casa no es aprender necesariamente, sino sacar buenas notas.  Es muy importante para su mamá que así sea. Por eso, cada vez que hay un examen la mamá viene a entrevistarse, a asegurase que Emily haya sacado perfecto.  Cuando Misis alaba la nota que obtuvo Emily en la prueba más reciente otra niña del salón, le dice con desdén. “Ay Misis, esa se hace la santa pero siempre tiene un chivo escondido cuando hay exámenes”. La maestra rehúsa creerlo. Nunca ha notado nada sospechoso, pero es claro que algo anda mal.

Tercero: Tina es una niña inteligente. Aparenta tener una curiosidad innata.  Hace preguntas perspicaces. La maestra se la imagina en la universidad, y luego en un despacho como médico, o hasta haciendo investigación científica.  Un día surge el tema de la escuela superior; la maestra le pregunta que para cual escuela irá.  “Voy para la vocacional a estudiar costura,” contesta la niña.
La maestra respinga. “¿No sería mejor que estudiaras en la corriente regular? Es más fácil entrar a la universidad y saldrías mejor preparada”.
“A mi no me van a dejar ir a la universidad Misis”, sonríe con una pasmosa tranquilidad. La maestra se entera de que los padres sólo aspiran a que tenga una educación que le permita ganarse la vida.  

Así que por cada Eliam Arroyo Quirós (madre ejemplar que señala López en su artículo), hay tres o mas casos opuestos.  Claro que a todos los maestros les gustaría ver a los padres involucrados en la educación de sus hijos, pero no hay que engañarse. Ni vivir de fantasías. Entrevisten a las maestras. Averigüen porque es que Pepe o María no aprende a leer, o su mirada se fija en el horizonte y no en el libro que tiene de frente. Estudien las tarjetas acumulativas o los expedientes de los estudiantes. Aprendan quienes son los alumnos por quienes nos afanamos para que sepan inglés o tengan acceso a la tecnología.

Si bien es cierto que  la escuela se convierte en el guardián del estudiante de 8 a 3, son los padres, y en esto creo firmemente, las influencias más fuertes y perdurables de los hijos. Pero cuando el hogar falla o es negligente en su tarea, le corresponde al estado asumir dicha responsabilidad.  De lo contrario esos niños y niñas caen víctimas de sus circunstancias. Y cuando el estado es negligente, ¿qué hacemos? ¿Arrestamos al gobernador o a la señora Idalia Colón?

¿Cómo habrá de ayudar a los niños y niñas de hogares poco funcionales o completamente disfuncionales el que encierren a sus padres por no llegarse hasta las escuelas? En un mundo lleno de injusticias sociales, ¿cómo es que se pretende obligar a los padres a ir a  las escuelas? Creo en persuadir a los padres a visitar los centros educativos e involucrarse con la educación de los hijos, pero echándoles en cara su poco compromiso, sólo los hará resentir a los maestros—sí, porque son ellos la cara renuente, si se quiere, de esta absurda ley—y de eso ya tenemos de sobra. Obligarlos mediante ley, tampoco ayuda ni hace menos abrumadora la tarea de educar.

Vamos a darles herramientas a los maestros y maestras para hacer su labor de manera más efectiva; vamos a proveer trabajadores sociales, consejeros y hasta psicólogos si se quiere en las escuelas; vamos a ir a las comunidades de los que tienen rezago y experimentan negligencia e investigar sus causas, pero encarcelar a los padres porque el gobernador se sintió rechazado cuando fue a visitar una escuela…eso es simplemente absurdo.  No debemos aceptarlo.

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