Sunday, December 02, 2012

El (des)encanto de regalar



Hace algunos años mi papá nos reunió, a mis hermanas y a mí—no recuerdo si para los padres o santa clo—para informarnos que no quería que siguiéramos comprándole regalos. Puesto que ese es un pedido poco usual, reaccionamos así entre asombradas y molestas. Una de mis hermanas dijo, que si no le gustaba lo que le regalábamos que lo podía dar pa’lante.  Papi se quedó medio compungido. No creo que le resultara fácil explicar que ya los regalos, no le hacían falta o tal vez ya no le hacían gracia. Nosotras acabamos subvirtiendo su pedido. En vez de ropa o perfumes, optamos por cosas que no pudiera rechazar como libros—fue hasta recientemente un lector voraz—o comida, o bebidas embriagantes.  

A medida que se acercan las fiestas de navidad, y me he visto haciendo listas o recogiendo listas, veo algo de lucidez en el pedido de mi progenitor.  El no quería que lo siguieran llenando de camisas y pantalones que nunca se iba a estrenar. Las cajas de regalos hace años que se acumulan en su cuarto y parece que hasta se multiplicaran.  Y realmente ¿cuántas cajas de after shave o colonia puede usar una persona que a penas sale a recortarse, o a ver a este o aquel médico? (Bendito, si hay días en que ni siquiera tiene fuerzas para levantarse de la cama por el Parkinson que le aqueja, le causa frustración, lo hace sentir impotente y lo deprime.)



Cuando uno es joven tiene expectativas.  Las fiestas navideñas, los cumpleaños son fechas que esperamos con ansias locas.  Soñamos de niños con regalos, de jóvenes con las fiestas y cómo vestirnos para cada ocasión.  A mí, que como dice mi marido, me encanta hacer listas, tenía entonces una lista mental (aunque no dudo que alguna vez las anotara por ahí) de las cosas que anhelaba tener; me imaginaba feliz si lograba obtenerlas.  Ya son pocas las cosas que realmente quiero o necesito, cosas materiales digo. Mis sueños de juventud en su mayoría, se me han cumplido; tal vez no exactamente cómo me los imaginé pero más o menos. Por lo tanto, me reconozco en el viejo gruñón que nos exige que dejemos ya de gastar dinero en tonterías. 

Son pocas las veces después de todo que logramos comprarle a otro lo que realmente quiere.  En el caso de mi hijo, he optado por preguntarle directamente. Aunque mi compañero de vida no lo aprueba—el todavía le parece dulce aquello de los regalos sorpresa--me facilita la tarea preguntar y ya.  Ese es el regalo que me es más difícil, después de todo. Tal vez porque me es imperativo, hasta donde se pueda claro, complacerlo. Pero no puede uno, ni quiere, preguntarle a todo el que está en la lista ¿con qué sueñas? 

Supongo que no la pegamos la mayoría de las veces porque realmente no conocemos muy bien a la persona que queremos agasajar.  Mis sobrinas, por ejemplo. ¿Quiénes son esas chicas bellas, con sus sonrisas perfectas y ojos brillantes? La verdad, que no tengo sino una muy leve idea. Nuestras vidas se conectan sólo en reuniones familiares.  Ellas cargan sus alegrías y penas y yo, pues desafortunadamente, ajena... En fin, que las más de las veces compramos lo que a nosotros nos gusta y luego vemos con tristeza que  nuestro regalo, que estábamos seguros de que esta vez sí daríamos en el clavo, cae como un chubasco de agua fría al que lo recibe.  Ciertamente esto de convertir la navidad en una fiesta consumerista es agotador.  Y ni hablar de quienes no tienen los medios, pero igual sienten la presión de cumplir.

 Lewis Carroll en Alice in Wonderland propone “the unbirthday gift”. O sea, recibir regalos todos los días excepto el día del cumpleaños… A mí se me ocurre que lo mejor sería abolir los días obligados y regalar cuando nos plazca, cuando vemos algo que creemos que a juanita o sutanita le puede agradar y ya. Después de todo, hay algo muy gratificante en eso de regalar, de ver algo y pensar que esto le puede dar placer a otra persona; eso puede que sea el secreto de las festividades que a menudo se nos escapa.  
           

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