Saturday, September 11, 2010

En contra del uso y costumbre


Me atrevo publicar esta carta aquì aunque no conozco a la profesora, no creo que le moleste.


9 de septiembre 2010

La Universidad que NO queremos
Por Yolanda Molina Serrano, PhD
Catedrática Auxiliar
Departamento de Pedagogía y Ciencias Sociales, UPRU

Debemos juntos evaluar el fruto de la cosecha del “uso y costumbre”. Este refrán particular de la Universidad de Puerto Rico ha servido para detener la conciencia, justificar la inercia, respaldar la intransigencia, tolerar el abuso, obviar la necesidad, permitir el nepotismo, aprobar el amiguismo, ignorar la malversación, hundir lo académico, descartar la escolaridad, atender a los comadreos y consentir la politiquería, entre otros.

Nos preguntamos ¿es esta la función de la Universidad? ¿Hemos sido contratados para alentar y perpetuar prácticas contrarias a lo académico? La verdadera y única función de la Universidad es crear conocimiento nuevo y difundirlo , dentro de un ambiente que promueva la investigación y los debates guiados por la sapiencia. Pero qué conocimiento novel estamos difundiendo cuando nos congraciamos con el status quo y permitimos las acciones deplorables de unos representantes del gobierno, que utilizan la ley para desacatar los derechos fundamentales de los seres humanos: el respeto, la dignidad y la igualdad, e imponen su criterio por encima de los servicios a los estudiantes y la comunidad académica a la que nos debemos. Que con nuestro silencio nos hacemos cómplices de un sistema político que estimula la intromisión en instituciones que representan a todos los sectores del país; de un pueblo que clama por justicia, respeto y dignidad. Dignidad que no guardamos ni para nosotros, ni para nuestros estudiantes que son la razón de nuestro trabajo diario y a quienes defraudamos cuando consentimos en hábitos antagónicos a nuestra mayor función como universitarios: crear conocimiento nuevo y difundirlo.

Notamos como desde la presidencia hasta las oficinas más simples, se da un proceso engorroso de ver a funcionarios forzados súbitamente a presentar cartas de renuncia, y justificar su abrupta salida como algo natural. Escuchamos frases dudosas como “Me voy a otros rumbos.”, “Exploraré algo diferente.”, “Ya me cansé y necesito un respiro.”, “Mi salud está afectada”, entre otras. Pero detrás de esa bambalina de humo se esconde la verdadera razón de las renuncias forzadas. Hay que dar paso a otros que son leales y responden a la línea partidista de turno, a otros que son de “confianza”. Invariablemente nos preguntamos si el día de nuestra juramentación no fue suficiente para certificarnos como académicos en quienes se puede confiar. ¿O es que acaso el contrato que firmamos tenía una cláusula oculta que delimitaba lo que es la verdadera confianza? ¿Es esa la confianza que está subordinada a la afiliación con el partido de turno? Muy penoso es presenciar el espectáculo de como nuestras credenciales, calificaciones, experiencias y dedicación son echadas a un lado por no responder a la adhesión fanática de políticos itinerantes que pululan los pasillos de la Universidad, buscando mediocres que se presten a sus mezquindades.

Este fanatismo se ha tolerado por muchas décadas hasta convertirse en la orden del día. Nos reiteran, “que “siempre ha sido así”, que “otros lo han hecho igual o peor”, que “nada se puede hacer”, que “ese es el uso y costumbre”. Hay que detener esta letanía de justificaciones injustificables y reflexionar: ¿Qué vamos a hacer para frenar esta indiferencia acumulada por una veintena de años viendo a los desalmados practicar sus vilezas y quedar impunes?

Esta es la hora de levantarnos y pararnos en el camino. Despertemos del letargo de la indiferencia que ha anestesiado nuestra conciencia y buen juicio y exijamos la verdad. Exijamos sinceridad, verticalidad y transparencia en el liderato de aquellos que han atribuido el compromiso de representarnos. De los que se olvidan que una vez fueron estudiantes y luego profesores y desdeñan su vocación primaria. Quienes por obra y gracia, no de sus méritos, sino de recompensas y deudas a favores de antaño, tienen ahora en sus hombros el manto del privilegio y prestigio que se le otorga a los funcionarios de la Universidad. Siendo estos los que deben darle prioridad a la institución a la que sirven, que no necesariamente los eligió pero que sí espera un comportamiento probo y un intachable servicio a la Academia y no un desleal coqueteo con los políticos locales que imponen sus criterios, en la elección de funcionarios, sin mediar la evaluación de sus cualidades profesionales e ignorando la voz de la comunidad universitaria.

Lo que hoy plantemos será la cosecha del mañana. Que la cosecha sea la fiscalización abierta y contundente de aquellos que hoy están y de los otros que vendrán e intentarán pisotear nuestra inteligencia tratando de endilgarnos una vez más que “ese es el uso y costumbre”. ¡Repudiemos “el uso y costumbre”! Saquemos los elementos que nos tienen en bancarrota académica. No importa el que esté, menos importa el que venga, porque como académicos velaremos y denunciaremos hasta el cansancio las vilezas que se practican en contra de nuestra Universidad y nos desacreditan ante los ojos del pueblo.

¡Volvamos a las prácticas naturales de la Universidad: investigar, debatir, crear conocimiento nuevo y difundirlo!.

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