Saturday, July 10, 2010

Urgen alternativas de la clase médica

Carta publicada hoy en El Nuevo Día

Antes de linchar a la procuradora del Paciente, Luz Teresa Amador, por proponer que se reduzca el tiempo de espera en las oficinas médicas, la clase médica debería sentarse a analizar la propuesta seriamente y someter recomendaciones que satisfagan a pacientes y doctores.

Ya hay doctores que atienden por cita, y respetan las citas. También hay médicos que permiten que el paciente se apunte por teléfono y llame para verificar su turno. También están los que atienden un número limitado por la mañana y otro por la tarde. Todas, me parece, son formas razonables de respetar el tiempo del paciente sin menoscabo del servicio de salud que reciba.

En resumidas cuentas, hay muchas maneras de llevar una oficina sin causar malestar ni asumir que el tiempo del médico es más valioso que el del paciente.

El sistema de atender a los pacientes por orden de llegada que es uso y costumbre en muchas oficinas -aun algunas que supuestamente dan citas- es un modelo anticuado que ya no responde a las necesidades de los pacientes de hoy.

Las organizaciones médicas, en vez de decir los pediatras no podemos o los ortopedas nos oponemos, deben sentarse a buscar una solución justa, y junto a la Procuradora resolver este problema.



Hoy también hay una columna buena de Johanna Rosaly sobre el mismo tema. Lo comparto aquí: http://www.elnuevodia.com/columna-noescasualidad-739517.html

10 Julio 2010
No es casualidad

No es casualidad que la directora de la Procuraduría del Paciente haya anunciado en estos días la propuesta de limitar el tiempo de espera en las oficinas médicas a un máximo de una hora.

No es casualidad que la directora de la Procuraduría del Paciente haya anunciado en estos días la propuesta de limitar el tiempo de espera en las oficinas médicas a un máximo de una hora. No es casualidad por la simple razón de que ha llegado a la vejez –con la consecuente propensión a quebrantos de salud inherentes a la edad— el sector demográfico más potente y numeroso: los bebés de post-guerra, “baby boomers” nacidos entre 1946 y 1964.

Estos ciudadanos, que ya están alcanzando su jubilación, sus pensiones y los anhelados pagos del Seguro Social, siempre han sido los más exigentes, los más influyentes, los más consentidos. Fueron los bebés soñados tras el trauma de la guerra, por los que surgieron las nuevas urbanizaciones, se paseaba en automóvil, con el consiguiente auge de la industria automotriz y en la construcción de carreteras, cines al aire libre y restaurantes de comida rápida a las veras de las autopistas.

En la década de los 50 Santa Claus les traía incontables juguetes, provocando todo un fenómeno comercial en torno a la Navidad. Para ellos se construyeron escuelas, parques, estadios. En los 60 fueron “teen-agers”, con sus propias modas, música, artistas, películas y comidas, haciendo ídolos a Elvis Presley, los Beatles, los Rolling Stones. A finales de esa década se habían transformado en “hippies”, llegando a los 70 con ansias de revolución sexual y feminista, con acceso a la píldora anticonceptiva y con ardiente impaciencia frente a la Guerra de Vietnam. Hasta entonces, los jóvenes habían aceptado servir en las guerras mundiales y el conflicto de Corea.

Pero ellos no. Protestaron. En las calles, en las universidades, frente a la Casa Blanca, en Picadilly Circus, en la Gran Vía, en la Place de l’Etoile dijeron “Hell, no, we won’t go!” y se acabó la Guerra de Vietnam.

En los 80 se vistieron de chaquetón y corbata tanto varones como mujeres, entregados al “power dressing” y dispuestos a conquistar su lugar en el mundo empresarial y en los puestos ejecutivos. Tuvieron éxito y vivieron el “boom” económico de los 90. Cuando en el 2000 explotó la burbuja de las empresas “punto com”, ya sus vidas estaban armadas, ya tenían sus casas, ya habían educado a sus hijos.

Y ahora, entrando en la segunda década del siglo 21, llegan a la vejez igual de exigentes, igual de asertivos. Para los “baby boomers” no es aceptable el término “paciente” en su relación con médicos, laboratorios, hospitales y farmacias. Se consideran “clientes”. No están dispuestos a esperar largas horas tras “apuntarse” en un papel en la puerta de la oficina de un médico según van llegando desde horas de la madrugada para ser finalmente atendidos en horas de la tarde. Se van. Se van de la consulta y buscan otro médico, otro laboratorio, otra farmacia donde respeten su tiempo y aprecien el negocio que traen. Se saben muchos, tienen dinero y exigen. Las estadísticas los avalan.

Serán exitosos en los próximos años los profesionales, las empresas y las agencias gubernamentales que sepan adiestrar a su personal de servicio al cliente -compuesto mayormente por jóvenes en sus 20 ó 30 años— en la atención adecuada a este sector poblacional. De lo contrario, irán abocados a perderlos. Y con la extendida expectativa de vida, que le ofrece a un individuo de sesenta entre veinte y veinticinco años más, son demasiados años para perder a un cliente, particularmente un cliente con un ingreso fijo y estable con amplio margen para gastos discrecionales.

Los bebés de post-guerra, hoy llegando a la vejez, aplauden la nueva reglamentación de citas por hora en las oficinas médicas. No son pacientes. Son clientes.

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