Ayer conversaba con unos colegas/amigos sobre
la educación bilingüe y las maromas que hace la administración universitaria
(UPR) por “preparar” a los estudiantes y maestros para que funcionen en el reino bilingüe que
se aproxima—si ganan las elecciones los estadistas, por supuesto. Coincidimos,
los colegas y yo, que el problema no era la educación bilingüe sino la agenda
subyacente de querer sustituir un idioma por otro con tal de lograr la meta final:
la estadidad.
La educación bilingüe no es el monstro, después de todo y no debemos temerle a la educación bilingüe.
En el mundo académico se reconocen dos modelos básicos de esta (hay
muchas interpretaciones, pero dos sobresalen).
Una vertiente promueve que se enseñen las materias básicas al
estudiantado en el vernáculo (por lo menos como se concibe en varias
instituciones de renombre en E.U. y Europa); otra busca que se enseñe la misma
materia en los dos idiomas. Claro que en E.U., la meta de este tipo de educación es posibilitar que
los estudiantes vivan una vida plena en un país cuya lengua predominante es el
inglés. Los cursos se ofrecen en el vernáculo (español, mandarín, afrikaans, etc.)
del estudiante ya que varios estudios han probado que el conocimiento adquirido
en el vernáculo puede traducirse más efectivamente al inglés. O sea, que es más
fácil aprender conceptos como el proceso de la fotosíntesis o la multiplicación
de fracciones en la lengua natal. Digamos que en el idioma en el que se piensa
y sueña. También es más fácil aprender a leer en la lengua materna.
Así que si transformamos las escuelas públicas
en centros bilingües, no tendríamos nada que temer. Dicho sea de paso, la
educación bilingüe en E.U. es un tema altamente controversial y político—aquí
para nada (right!). Aquí lo que habría
que mirar con recelo son los intentos de asimilación que acompañan esta “nueva”
filosofía educativa.
Todos queremos que nuestros hijos hablen
inglés, ( y francés y alemán) pero no por ello debemos menospreciar el aprendizaje del español (ya en
estado bastante precario), ni la educación en general. Lo que debemos tener claro es que una
educación de excelencia no la determina el idioma en el que se enseña. Una educación efectiva se asegura con buenos
maestros—responsables y competentes en sus áreas de especialidad— con familias involucradas
en el aprendizaje de sus hijos, y en escuelas en las que se respete el
conocimiento y se promueva la excelencia, sin menoscabo de la justicia laboral que
se merece el gremio magisterial del país.

