Sunday, November 06, 2011

"Esperando a Loló" revisited

 Cuando mi hijo cumplió dieciséis años comenzó a querer salir de noche con sus amigos.  Yo estaba medio histérica y hasta bipolar.  A veces me convencía de que estaría bien y otras en que no lo volvería a ver con vida. Demás esta decir, que esta nueva fase de los desafíos de este hombrecito con ansias de libertad me traían de cabeza.  De ser una mujer que dormía como una piedra, me convertí en una lunática que no podía conciliar el sueño hasta que lo oyera abrir la puerta del frente.  A menudo llegaba a contar mis penas y desvelos a mis colegas, la mayoría solteras o con hijos más jóvenes que el mío.  Un día una me dijo, desdeñosa de mis inquietudes, “Lo que necesitas es leer a Ana Lydia Vega”.  Yo la miré con interés, no sabía que Ana Lydia (como todos la llaman, aunque no la conozcan personalmente) escribía libros “self-help.” Entonces, varias se rieron y gritaron a coro “Esperando a Loló”. Admito que todavía no sabía de qué hablaban ya que conocía algunos cuentos y columnas del periódico, pero esta referencia no me sonaba. Una de ellas, recuerdo muy bien que fue Ingrid, me dijo “Es un ensayo en el que Ana Lydia habla de lo que sufrió las primeras veces que su hija salió de noche sola”, o algo por el estilo. 

Llegué a casa y le comenté lo sucedido a mi marido.  Días después él, quien aunque dormía  a pata suelta trataba de consolarme y más que nada entenderme, se había grabado mi cuento y pensó que en efecto ese ensayo podría ayudarme a lidiar con mi estrés cuarentón, y se dio a la tarea de conseguirme, no una copia sino la colección de ensayos.

“Esperándo a Loló” fue un bálsamo para mi. Con esto no quiero decir que dejé de preocuparme, pero me ayudó a verme no como una desquiciada obcecada con su único hijo sino como una madre más o menos normal con preocupaciones más o menos normales. También empecé a dormir un poco mejor. En vez de quedarme despierta hasta que el niño llegara, me dio con quedarme dormida y levantarme a las dos en punto para asegurarme que estuviera en su cama.  Cuando no lo estaba, me quedaba atenta al más mínimo ruido que señalara su regreso.  En ese entonces no eran tan comunes los celulares, pero su padre había tenido la maravillosa idea de regalarle un bíper.  El arreglo—o por lo menos como yo lo entendía—era que yo lo llamaba y le avisaba que ya era tiempo de volver. Mi hijo, como Loló, miembro del club de HUU (Hijos Únicos Unidos), no estaba obligado a devolverme la llamada, pero me convencía de que podía despertar en él (mea culpa, mea culpa) el motor de la culpabilidad (“I have enough guilt to start my own religión”, gracias Tori Amos) ya que había una madre majadera y ojerosa esperando su regreso. Como Israel, mi hijo, no tenia auto, le tocaba advertirles a sus amigos que ya había que empezar a pensar en el fin de la alegría. Me lo imagino viendo el mensaje, entornando los ojos y diciéndoles a los amigos, “Es mami.” Sí, como dice el tango, “las mujeres siempre son las que matan la ilusión”. Los panas que me tenían un poco de miedo, (sería iluso decir respeto) se sentirían, supongo que presionados a volver y depositar mi tesoro en el portón de la casa. Desafortunadamente para mí, o tal vez por mi cara de sufrida, Israel no llegaba tan locuaz como Loló, sino más bien taciturno y acusador.  Frecuentemente se encerraba en su habitación y hasta el otro día.  Entonces yo, como Ana Lydia trataba de racionalizar mis miedos y reprocharme mi falta de “cool”, sumergida, me supongo, en el “lloriqueo ambivalente” del que habla la autora. 

Hoy mi hijo es un hombre maduro, un profesional exitoso y un marido.  Tal vez en su futuro haya una Loló, o un Israel, el niño-hombre ansioso por experimentar la vida, y disfrutar noches largas de juerga con los panas, ajeno a los desvelos maternos. “Hijo eres padre serás” sentenciaba mi madre, “la Mater dolorosa” por excelencia.  Hoy revivido por razones que no vienen al caso mi primer contacto significativo con Ana Lydia, releo el ensayo y pienso en el momento de pasar la batuta.  De hablarle quizás muy prematuramente a mi hijo de este ensayo. Espero que “Esperando a Loló” pueda ahora hacerlo sonreír, despierte al escritor incipiente y en algún momento lo anime a escribir su propia versión.