Thursday, March 10, 2016

Mea culpa, mea culpa

Dice Simone de Beauvoir en Una muerte muy dulce que la hospitalización de su mamá, previo a su eventual muerte, le dio la oportunidad a ella y a su hermana de expiar sus sentimientos de culpa, “nos ha salvado—o casi—del remordimiento.” Supongo especialmente para los que nos criamos católicos, que los sentimientos de culpa son parte integral de lo que somos. Somos culpables o por lo menos nuestros pecados, son los que llevaron a Jesucristo a la cruz.  Por nuestra culpa, o la de Eva, la primera madre, fuimos expulsados del paraíso. Por nuestra culpa, o la de Caín, nuestro antecesor mas violento, cargamos con el peso del trabajo y así por el estilo.

Los padres, o por lo menos mi madre—no digo, las madres en plural porque no sé que todas sean iguales, pero se por los cuentos que me hacen amigos y conocidos que son muchas – se ha encargado de someternos al peso de la culpa. Ni les repito la cantaleta porque el que la sufre ya la conoce bien y el que no pues mejor que siga ignorante.

Ahora que me encuentro en ese momento esperado pero nunca anhelado de cuidar de una madre encamada, me debato entre los sentimientos de culpa y de rebeldía.  Los de culpa me parecen harto conocidos; los de rebelión, supongo que también. Para paliar a ambos paso cada minuto libre (no digo horas, porque ya no existen) buscando ayuda en el Internet. Conozco todas las páginas dedicadas a “caregivers”.  En ellas he leído de cómo combatir el estrés, como pedir ayuda, como compartir el trabajo. Muchas, sino todas, recomiendan ir a un grupo de apoyo, pero ahí si que no me veo. Eso si que me haria sentir culpable.  Una cosa es quejarse uno con las hermanas, o con el primo, o esa amiga que entiende, pero con extraños…eso parece la última traición (aunque escribir esto y publicarlo puede ser una forma de traición también…) En fin que ninguna de las páginas realmente me ha funcionado, pero ahí sigo.

Es especialmente duro esto de cuidar a una madre enferma cuando no siempre se muestra totalmente cuerda.  Pide, por ejemplo, que la ayude a caminar cuando no puede “ambular”, como dicen las terapistas. No se puede razonar con ella. Pide que la saque del cubujón en el que la he metido. Está empeñada en que la lleve a mi casa, o a la suya. En ocasiones cree estar en su barrio pero sola en el sótano de un vecino mientras oye a la familia murmurar desde lejos, “como los gatos” dice. Me acusa de haberle mentido, de haberle prometido ir a mi casa y que sin embargo la tengo metida en este cuchitril, en un miserable “camastro”, así le dice a la cama en la que yace. Para colmo no oye bien, aunque estoy convencida de que su sordera es selectiva.

Una amiga que cuida de su papá y tía, y que no cuenta con un grupo de personas que la apoyen como yo, me habla de su frustración y rabia. Ambos son sentimientos documentados según mi investigación de los cuidadores. Ambos son sentimientos que reconozco. Es más, temo, con todo y ayuda, llegar al punto en que ya no sea tan fácil recurrir al Zen, palabra con la que intento absorber el día a día sin que se me corroa el espíritu. No quiero ser esa cuidadora que resiente a la persona que cuida. Quiero cuidar a mi madre enferma saludablemente y reciprocar las atenciones que alguna vez me brindó. Quiero que esta etapa sea de crecimiento no de contracción.

La llegada de un ser nuevo al núcleo familiar nunca es fácil. Así sucede con las parejas cuando tienen su primer hijo. Tienen que adaptarse, cambiar costumbres, negociar. La diferencia es que los niños muchas veces anhelados, son novedades que nos inspiran ya que llegan cargando ilusiones y sueños. Los viejos los acogemos por el maldito mea culpa, por lo que creemos que les debemos, por lo que nos exigen, por el recuerdo de momentos dulces y también amargos.  Llegan los pobrecitos cargados de resentimientos y agravios, frustraciones y pesares. No debería ser así. Debería la vida ser un círculo perfecto.  Desafortunadamente, no lo es.


Saturday, March 05, 2016

Detex(s)to


Las relaciones humanas de este siglo discurren por un laberinto textual inmediato y a toda hora. Se textea por WhatsApp, por Messenger, por G-chat, por Instagram. Las ruinas circulares del siglo XXI.
Hasta los más jóvenes pueden escapar del terror que suponía hacer una llamada. Marcar a la casa parental, exudando vergüenzas, a todas siempre esperando que contestara el sujeto en cuestión y no sus padres. Ese ensayo de las incomodidades perennes que supone la adultez, queda felizmente atajado.
Incluso, en la oficina, el empleado se escuda enviando emails de forma pasivo-agresiva para evitar la confrontación. El correo electrónico es el texto en su versión original. Aun cuando la mayor parte de las veces sea más fácil agarrar el teléfono o andar hasta el cubículo del colega.
Recibir llamadas es un lujo, ahora, creo que entre los más cercanos, llamarse es algo vintage y admisible. Aunque la manada del perímetro tenga que rumiar contenido y atenerse a los rabiosos mind games (las consabidas manipulaciones) que supone textearse.
El resultado es que el mapamundi se redefine a través de la geografía mediática, es decir, que la distancia se mide en silencios, en no contestar un mensaje. En la demora de la espera.
Una vez iniciado el “diálogo”, la duración de cada conversación es una franja inestable, área gris. Cual operadora telefónica de antaño, se sostienen decenas de conversaciones a la vez. Cada una con su frontera de poder delimitada por quién da por concluido el diálogo con una contestación por vía sumaria o un silencio que desinfla esperanzas y confabula con las paranoias existenciales.
Los silencios, que en persona se diluyen con no verbales o armas tomadas, según su razón de ser, en el texteo demarcan jerarquías de poder. El remitente contesta en algún momento, o nunca. El poder de esa decisión deja al destinatario en la desventajosa situación de la espera.
La omnipresencia de esta nueva geografía es cosa de dioses. Sí, te contesto. No, no me apeteces. Sí, pero luego. Es la violencia del contenido a fuerza de silencios y aguante.

Wednesday, March 02, 2016

Abstraer

Abstraer

Quizás al compendiar gran parte de la expresión creativa contemporánea bajo el epíteto de “arte abstracto”, hemos restado importancia a la capacidad de abstraer como destreza vital para desempeñarnos mejor en la vida cotidiana. Abstraer se refiere a una habilidad particular: reconocer la esencia de las cosas en términos de forma o contenido para enfocar en los aspectos característicos de un sujeto o situación sin que distraigan los detalles irrelevantes. Abstraer, entre otras cosas, nos permite ser más objetivos.
Particularmente ahora, cuando la información nos inunda y lo trivial pretende ahogarnos, la abstracción nos permite mantener los pies en la tierra. Quien abstrae separa las capas múltiples de información que son propias de toda condición y así logra enfocarse en lo prioritario, lo que vertebra cualquier condición más allá de lo que parece complicarla. Ello aplica para apreciar una obra de arte, entender los espacios que habitamos, interpretar un film o deconstruir una pieza de literatura. La era digital, la red y lo virtual también requieren gran entendimiento a nivel abstracto.
Abstraer facilita aquilatar los múltiples factores que inciden en cualquier problema. Permite dilucidar situaciones éticas que, en primera instancia, podrían parecer insalvables. Abstraer, por lo general, ayuda a identificar - con mayor certeza - respuestas que trascienden la subjetividad que frecuentemente nubla la toma de decisiones.
Acciones ajenas a esta destreza del pensamiento nos condenan a sufrir siempre las consecuencias de juicios valorativos a corto plazo, carentes de articulación alguna a largo plazo. Para ayer, para ahora, así lo quiero yo y que lo atienda el que viene detrás no nos han llevado muy lejos. Y sí, lo criticamos aunque sabemos que nunca dejará de ser práctica habitual de muchos. Ante ello, consterna la siguiente interrogante: ¿cómo internalizamos la capacidad de abstraer? ¿Cómo se educa y se aprende a hacerlo?
Podría pensarse que se logra en cursos de Ciencias o Matemáticas por estos tratar muchas veces asuntos que el ciudadano común estima intangibles. Y puede que sea así, pero no en los años de formación temprana. De otra parte, no faltará quien estime propio que sea en las clases de Arte (por lo de “arte abstracto”…). Y quizás se podría, pero poco han pintado estos cursos en el Departamento de Educación a través del tiempo. La disciplina de la Historia, por otro lado, se enseña comúnmente como data (“lo que pasó”) o con propósito moralizante (“para evitar repetir errores”).
Así las cosas, ha recaído en las clases de español e inglés la responsabilidad de entrenarnos inicialmente para entender qué se entiende por “abstraer”. No ocurre al explicar principios de gramática o al corregir errores ortográficos, sino más bien cuando se exhorta al estudiante a la interpretación de textos literarios. Al educar en torno a cómo diferenciar trama y tema, al invitar a otear el mundo a través del símil y la metáfora y al explicar cómo está estructurado un cuento o una novela – las clases de inglés y español nos arman de herramientas vitales, entre éstas: ver más allá de lo obvio, conceptualizar, interpretar y diferenciar entre el valor de sintetizar y los peligros de simplificar.
Eso que muchas veces se reduce en la escuela a “comprobación de lectura” constituye, a fin de cuentas, el vehículo idóneo para negociar con el mundo que nos rodea en términos abstractos. La literatura sirve para retar la literalidad.
Honremos, pues, los cursos de español e inglés que, aunque relegados muchas veces como mero “requisito”, nos permiten trascender nuestra propia inmediatez. Ese mérito es grande, particularmente porque la abstracción ameritaría mayor atención en la formación de nuevas generaciones y hasta ahora, desafortunadamente, ése no ha sido el caso.